viernes, 30 de octubre de 2020

El cofre de los vidrios rotos



     Erase una vez un anciano que había perdido a su esposa y vivía solo. Había trabajado duramente como sastre toda su vida, pero los infortunios lo habían dejado en bancarrota, y ahora era tan viejo que ya no podía trabajar.  Las manos le temblaban tanto que no podía enhebrar una aguja, y la visión se le había enturbiado demasiado para hacer una costura recta.
Tenía tres hijos varones, pero los tres habían crecido y se habían casado, y estaban tan ocupados con su propia vida que sólo tenían tiempo para cenar con su padre una vez por semana. El anciano estaba cada vez más débil, y los hijos lo visitaban cada vez menos. 
-No quieren estar conmigo ahora -se decía- porque tienen miedo de que yo me convierta en una carga.
Se pasó una noche en vela pensando qué sería de él y al fin trazó un plan.
A la mañana siguiente fue a ver a su amigo el carpintero y le pidió que le fabricara un cofre grande. Luego fue a ver a su amigo el cerrajero y le pidió que le diera un cerrojo viejo. Por último fue a ver a su amigo el vidriero y le pidió todos los fragmentos de vidrio roto que tuviera.
El anciano se llevó el cofre a casa, lo llenó hasta el tope de vidrios rotos, le echó llave y lo puso bajo la mesa de la cocina. Cuando sus hijos fueron a cenar, lo tocaron con los pies.
-¿Qué hay en ese cofre? preguntaron, mirando bajo la mesa.
-Oh, nada -respondió el anciano-, sólo algunas cosillas que he ahorrado.
Sus hijos lo empujaron y vieron que era muy pesado. Lo patearon y oyeron un tintineo.
-Debe estar lleno con el oro que ahorró a lo largo de los años -susurraron.
Deliberaron y comprendieron que debían custodiar el tesoro. Decidieron turnarse para vivir con el viejo, y así podrían cuidar también de él. La primera semana el hijo menor se mudó a la casa del padre, y lo cuidó y le cocinó. A la semana siguiente lo reemplazó el segundo hijo, y la semana siguiente acudió el mayor. Así siguieron por un tiempo. Al fin, el anciano padre enfermó y falleció.
Los hijos le hicieron un bonito funeral, pues sabían que una fortuna los aguardaba bajo la mesa de la cocina, y podían costearse un gasto grande con el viejo. Cuando terminó la ceremonia, buscaron en toda la casa hasta encontrar la llave, y abrieron el cofre. Por supuesto, lo encontraron lleno de vidrios rotos.
-¡Qué triquiñuela infame! -exclamó el hijo mayor-. ¡Qué crueldad hacia sus hijos!
-Pero, ¿qué podía hacer? -preguntó tristemente el segundo hijo-. Seamos francos. De no haber sido por el cofre, lo habríamos descuidado hasta el final de sus días.
-Estoy avergonzado de mí mismo -sollozó el hijo menor-. Obligamos a nuestro padre a rebajarse al engaño, porque no observamos el mandamiento que él nos enseñó cuando éramos pequeños. Pero el hijo mayor volcó el cofre para asegurarse de que no hubiera ningún objeto valioso oculto entre los vidrios. Desparramó los vidrios en el suelo hasta vaciar el cofre. Los tres hermanos miraron silenciosamente dentro, donde leyeron una inscripción que el padre les había dejado en el fondo:
"Honrarás a tu padre y a tu madre."

miércoles, 28 de octubre de 2020

Para pensar... y/o actuar



Sucedió en una cátedra de derecho…

Una mañana, cuando nuestro nuevo profesor de «Introducción al Derecho» entró en la clase, lo primero que hizo fue preguntarle el nombre a un alumno que estaba sentado en la primera fila:
– ¿Cómo te llamas?
– Me llamo Juan, señor.
– ¡Vete de mi clase y no quiero que vuelvas nunca más! – gritó el desagradable profesor.
Juan estaba desconcertado. Cuando reaccionó se levantó torpemente, recogió sus cosas y salió de la clase. Todos estábamos asustados e indignados pero nadie dijo nada…
– ¡Ahora sí!- y preguntó el profesor:
– ¿Para qué sirven las leyes?…
Seguíamos asustados pero poco a poco comenzamos a responder a su pregunta:
– «Para que haya un orden en nuestra sociedad»
– «¡No!».. contestaba el profesor
– «Para cumplirlas»… «¡No!»
– «Para que la gente mala pague por sus actos»… «¡No!
– ¡¿Pero es que nadie sabrá responder esta pregunta?!»…
– «Para que haya justicia»,… dijo tímidamente una chica…
– «¡Por fin! … Eso es!… para que haya justicia…
Y ahora: ¿para qué sirve la justicia?»…
Todos empezábamos a estar molestos por esa actitud tan grosera… Sin embargo, seguíamos respondiendo: «Para salvaguardar los derechos humanos»…]

«Bien,… ¿qué más?», decía el profesor… «Para discriminar lo que está bien de lo que está mal»…
Seguir… «Para premiar a quien hace el bien”…
– Ok, no está mal pero… respondan a esta pregunta: ¿actué correctamente al expulsar de la clase a Juan?…
Todos nos quedamos callados, nadie respondía.
– Quiero una respuesta decidida y unánime.
– ¡No!… – dijimos todos a la vez.
– ¿Podría decirse que cometí una injusticia?…
– ¡Sí!
– ¿Por qué nadie hizo nada al respecto?… ¿Para qué queremos leyes y reglas si no disponemos de la valentía para llevarlas a la práctica?…
– Cada uno de ustedes tiene la obligación de actuar cuando presencia una injusticia ….Todos… – ¡No vuelvan a quedarse callados nunca más!
– Vete a buscar a Juan …- dijo mirándome fijamente.

Aquel día recibí la lección más práctica de mi clase de Derecho.
Cuando no defendemos nuestros derechos perdemos la dignidad y la dignidad, no se negocia…

En ocasiones la muerte es una salida y la vida es un calvario?



Cierto día la muerte se dirigía hacia su proximo destino, una señora de edad, madre de cuatro niños a la que la vida la había tratado muy mal pues, ya hace 15 años una hija había sido abusada y asesinada por un depravado que aún estaba con vida.

Al llegar a su destino entró, ahí, donde se encontraba en sus  últimos momentos de vida; la señora al mirar que la muerte había ido por ella dijo:

-"se muy bien que ha llegado mi hora, pero antes, dime, Dios existe"?

La muerte le respondió: 
-pero que clase de pregunta es esa, claro que Dios existe.
Si es así me puedes decir porque hace quince años él permitió que mi hija fuera asesinada después de haber sido violada por ese desquiciado?. Dime tú, acaso no pudiste haberte llevado al maldito en vez de a mi pobre hija que apenas tenía 9 años de nacida?.

La muerte respondió: 
-sabes, nosotras somos dos hermanas, la vida que es mi hermana mayor y yo, la muerte. La vida es una mujer que en ocasiones puede ser muy resentida porque le gusta hacer sufrir a las personas, en cambio yo me considero alguien un poco mas amigable y hasta compasiva.

Como puedes decir eso, dijo Janeth la moribunda, si tu haces sufrir a todos a los que tocas.

La muerte furiosa respondió: 
-en eso te equivocas. 
Yo me llevé a tu hija porque al ser violada estaba sufriendo mucho, yo apacigue su dolor.

-Ah, sí; y porque a pesar de que han pasado ya quince años no te has llevado aún al maldito que violó a mi niña? -preguntó furiosa, Janeth.

-eso es muy fácil de responder dijo la muerte pues, mi hermana no me dejó, ella estaba furiosa y quiso vengarse.

Pues si yo me lo hubiera llevado,  el no hubiera pagado por lo que hizo, e incluso tu debes saber que al poco tiempo de llegar a la cárcel fue violado por todos y cada uno de los presos que allí se encontraban, y eso es solo el principio pues, han pasado 15 largos años y te aseguro que en cientos de ocasiones me ha pedido que lo mate; pero mi hermana la vida no me ha dejado, pues siempre me dice que aún no paga todo el daño que hizo.

Ahora lo entiendo dijo Janeth con un poco de conformidad en su voz, pero dime, preguntó:  
-si tu eres tan bondadosa, porque decidiste dejarme sufriendo en vida con el dolor de ya no tener a mi hija en mis brazos, y aún peor sabiendo como fueron sus últimas horas de vida.
 
La muerte le dijo: 
-porque aún te quedaban tres hijos a los que tenías que proteger, y ahora te llevo porque ya tu labor como madre esta cumplida. 

Janeth se sintió por primera vez en quince años en paz y murió tranquila y con una sonrisa en el rostro, pues al final de su vida comprendió que: EN OCASIONES LA MUERTE ES UNA SALIDA Y LA VIDA ES UN CALVARIO.