¿Otra vez tarde, Roberto? ––preguntó el profesor a un chico de diez años que llegó cansado y sudoroso a la escuela. La clase lo miró con curiosidad. Sospechaban que algo extraño venía sucediendo con su compañero. Aunque sabían que era poseedor de una gran imaginación, algunas de sus historias parecían ser ciertas.
El maestro, Javier Paternós, era oriundo de la ciudad de Córdoba, en Argentina, pero había aceptado una plaza en un municipio de Mendoza, llamado Godoy Cruz, porque deseaba olvidar un doloroso trance de su vida.
Al principio, a sus veintidós alumnos les pareció divertido su acento cordobés y le hacían bromas, pero pronto descubrieron que nada ganaban con esa actitud y terminaron por olvidarse del asunto. Además, el profesor Paternós era muy condescendiente con ellos; tenía en cuenta el nivel de cada uno, la pobreza en que vivían, sus diferentes edades, el esfuerzo que realizaban para trasladarse
desde sus casas, algunas muy distantes, y los animaba a superarse continuamente.
––Pido disculpas, profesor, he tenido un problema ––dijo Roberto mientras se acomodaba en su pupitre.
––¿Podrías contarnos por qué no viniste ayer? ¿Algún encuentro con extraterrestres? ––preguntó el profesor divertido, lo que hizo que todos soltaran la carcajada.
El chico permaneció unos segundos en silencio, mientras decidía si contar o no el motivo de su inasistencia; estaba seguro de que no le creerían. Al final dijo:
––Profe, ayer no pude venir porque en el camino escuché una voz que me llamaba por mi nombre. Voltee a mirar, pero no vi a nadie, los chicos se echaron a reír; creían que era otro de sus inventos.
––Interesante. ––Dijo el profesor––. ¿Estás seguro que lo escuchaste, o te los has imaginado?
––Lo escuché clarito. Venía de los árboles. Era una voz como la de un anciano. Tenía miedo, pero comencé a buscar a ver si
se trataba de Jonás, el señor que vive junto al río. Siempre nos asusta cuando vamos por el camino ––la explicación de
Roberto hacía reír a los chicos, que no pensaban perderse la diversión.
––Mira, Roberto. ––Dijo el profesor muy serio––. Será mejor que nos digas la verdad. Nadie te castigará por eso ni te pondré mala nota. Pero no nos hagas creer que has escuchado voces provenientes del bosque.
––No eran del bosque, profesor… bueno, sí, pero era como de las copas de los árboles ––interrumpió Roberto.
––Bien. Continúa. ¿Pudiste ver a la persona que te llamaba?
––Sí, profesor.
––¿Y quién era? ¿El señor Jonás?
Roberto se quedó en silencio. Estaba por decirlo, pero algo por
dentro le advertía que sería inútil; no solo no le creerían, si no que se reirían de él durante mucho tiempo.
––Se nos hace tarde, Roberto ––anunció el profesor.
––Como no podía verlo, le grité que no tenía miedo, que se asomara para poderlo ver… entonces apareció un hombrecito como de treinta centímetros de alto. Tenía un sombrero de copa y era muy viejo.
Los chicos reían a más no poder con las ocurrencias de Roberto, pero el profesor Pasternós ni siquiera esbozaba una sonrisa. La existencia de Duendes y Gnomos se le atribuía a creencias populares, pero él no estaba tan seguro. Sin saber muy bien por qué, dijo en voz alta:
––Duendes.
––¿Duendes? Da miedo. ¿Qué es un duende, profesor? ––preguntó Luis, el más pequeño de todos.
Ahora era el profesor el que guardaba silencio. Algo en su
interior, tal vez escondido en el subconsciente, le hacía notar que la palabra »duende» tenía mucho que ver con él.
––Un duende es un ser fantástico. Se dice que habitan en ciertos lugares, como en los árboles, y hacen alboroto ––
respondió el profesor automáticamente.
––Como nosotros, profesor ––dijo Carlos, un chico de diez años que gustaba de hacer bromas que hacían reír a sus compañeros, y esta vez no fue la excepción. La risa de los chicos sacó del
ensimismamiento en el que se encontraba el profesor Pasternós.
––¿En qué íbamos? ¡Ah! ¿Entonces viste a un duende?
––Sí, profesor.
––¿Y qué te dijo? ––los estudiantes no entendían nada. Les parecía extraño que el maestro estuviera tan intrigado por la historia, que creían, había inventado Roberto sobre el duende, pero no se atrevían a interrumpir la conversación.
––Me dijo que había perdido una de sus botas, y me pidió el favor de que la buscase entre la maleza. Le pregunté que dónde vivía, pero no me dijo nada, solo me ordenó señalándome con un dedo que tenía una uña muy larga: »¡Busca!» »¡Busca!» »¡Busca!».
Los niños comenzaron a reír de nuevo. Era tanta la risa, que
algunos lagrimeaban y otros tosían.
––Busqué por entre las plantas como una hora, hasta que la encontré. Era una bota verde y pequeñita. Tenía un cordón rojo y terminaba en un gancho puntiagudo. Apenas vio que la tenía en la mano, me dijo que subiera al árbol porque él no podía bajar. Ahí me entró mucho miedo. Como estaba dudando, el duende pegó un grito tan fuerte que hizo que metiera la bota en mi bolsillo y escalara el árbol. Apenas pude sostenerme, metí mi mano en el
bolsillo, saqué la bota y se la entregué. Se la puso inmediatamente. Estaba muy contento. Me dijo que iba a recompensarme
por haberla encontrado.
En este momento del relato, los chicos habían callado y escuchaban con atención. El profesor se había sentado y tenía una mano en el mentón pensativo.
––¿Y te hizo un pedido especial? ––preguntó de repente el profesor. Eso tomó por sorpresa a Roberto, que no se explicaba la razón por la cual le hacía semejante pregunta. No entendía cómo era que sabía que el duende le había pedido algo. Sin embargo se limitó a responder:
––Sí, profesor. Me dijo que sabía que mi mayor temor era que mis padres alguna vez no estuvieran conmigo, y me garantizó que si le
llevaba un zapato de cada uno, siempre estarían conmigo. Me pidió que no les dijera nada.
––¿Entonces le creíste?––preguntó el profesor. Todos voltearon a mirar a Roberto para ver qué cosa respondía.
––Sí, profesor. Me fui corriendo y agarré un zapato de mi papá y otro de mi mamá, y regresé lo más rápido que pude. Subí de nuevo al árbol, y le entregué los zapatos. Se puso contento al recibirlos y se rió de una forma misteriosa. Me ordenó que me fuera, pero antes me dijo que gracias a que yo no confiaba en mis padres, nunca más los volvería a ver. Que ahora le pertenecían ––un, ¡oh!, se escuchó en todo el salón. Los más chicos comenzaban a sentir miedo por la historia de Roberto.
––¿Volviste a ver si tus padres estaban en tu casa? ––preguntó el profesor como si supiera la respuesta.
––Sí, profesor… y no los encontré ––dijo el niño sollozando. Sus compañeros estaban pasmados ante lo anunciado por Roberto, y nadie se atrevía a decir nada. Solo escuchaban el leve gemido del niño que experimentaba la misma sensación de disgusto y tristeza al revivir los acontecimientos.
––Cálmate, Roberto, por favor. Dinos qué pasó después.
––Sentí muchísima rabia. Acababa de comprender que no debí haber confiado en un desconocido. Por eso, desesperado, regresé hasta donde estaba el duende. Apenas llegué, le grité para que me devolviera a mis padres. Como no me quiso hacer caso, comencé a subir por el árbol y a mover las ramas lo más fuerte que pude. Entonces sacó la cabeza por entre el ramaje, y se rió. Pero después, al ver que no me detenía, se puso a gritar y me tiró los zapatos de mis padres.
––¿Qué hiciste después? ––preguntó el profesor.
––Yo sospechaba que tenía otros zapatos de niños a los que había engañado como a mí, y le grité que me devolviera todos los zapatos que tenía, o seguiría moviendo el árbol hasta que se cayera. Apenas se lo dije, comenzaron a caer muchos zapatos. Los fui recogiendo uno por uno, pero apenas los agarraba… iban desapareciendo misteriosamente. Solo me quedé con el zapato de mi papá y el de mi mamá.
––¿Me imagino que corriste a casa?
––Sí, profesor, los encontré llorando. Les pregunté qué les había pasado, y me dijeron que no lo sabían exactamente, pero que aparecieron en un lugar lleno de árboles y de otras personas. No podían escapar. Tenía miedo de contarles que fue culpa mía, pero estaba tan contento de verlos, que les conté. No me regañaron porque todavía no podían creer que fuera cierto. Les parecía como un sueño.
––Ahora ya sabes que todo lo que te pase debes contárselo a tus padres.
––Sí, profesor. Prometí contarles en adelante cualquier cosa que me suceda. Me abrazaron y dejaron de llorar. Por eso no pude venir ayer, profesor.
––Increíble, Roberto, has hecho muy bien.
––¿Me cree, profesor? ––preguntó Roberto con los ojos muy
abiertos.
––Por supuesto, Roberto. ¿Por qué no habría de creerte? ––respondió el profesor perdido en sus pensamientos.
Los niños, en cambio, no sabían si creerle o no; les gustaba escuchar las historias de Roberto, pero no estaban seguros de que hubieran ocurrido en realidad.
El profesor no podía ocultar sus emociones, como si un gran dolor que ya creía perdido, retornara a su vida con violencia. Recordaba vagamente una experiencia similar que había experimentado cuando era apenas un niño, pero el paso del tiempo le había hecho creer que todo lo había imaginado y nada era real… hasta que escuchó el relato de Roberto.
Enseguida dio por terminada la clase, e informó que estaría unos
días ocupado, y que retomaría las clases el lunes siguiente. Los niños rodearon a Roberto para hacerle más preguntas.
Un momento después pidió a uno de los paisanos que lo llevara en su carreta hasta donde pudiera tomar el autobús que lo llevara a su casa, en Córdoba; tenía la intuición de que algo extraordinario estaba por ocurrir.
Mientras avanzaba, no podía separar su vista de los árboles que circundaban el camino.
Al llegar, encontró dentro de su casa a gran cantidad de personas, algunas conocidas, que exclamaban cosas que no entendía muy bien.
Se abrió paso entre la concurrencia y entró, solo para darse con la sorpresa de que un hombre hablaba con sus hermanos. Ellos permanecían absortos a su lado. Era un hombre canoso cuyo rostro le era familiar. Al mirarlo con mayor detenimiento… descubrió que era su padre, que había regresado después de muchos años de ausencia.
Créditos a su autor.