lunes, 31 de octubre de 2022

Cuando la inteligencia es subestimada

A los 19 años de edad un hombre entró a la prisión acusado de infiltrarse en la inteligencia de los Estados Unidos y apoderarse de muchos de los secretos del país.

Por su astucia, fue apodado "el zorro".

Su padre es un anciano que vive solo. Quiere plantar tomates dentro de su jardín, pero no puede con el trabajo por la edad que tiene. Le envía a su hijo preso un mensaje que dice:

“Mi querido hijo, deseaba que estuvieras conmigo para ayudarme a arar el jardín y plantar tomates. Ahora no tengo a nadie que me ayude".

Después de un tiempo, el padre recibió una carta de su hijo diciendo:

"Querido padre, por favor no escarbes en el jardín porque escondí algo importante, y cuando salga de la cárcel te diré lo que es".

No pasó una hora antes del mensaje, la inteligencia y el ejército rodeaban la casa.

Cavaron la tierra metro por metro, removieron todo, pero no encontraron nada y salieron de la casa.

A la semana, una nueva carta llegó hasta la casa del anciano padre. Era su hijo desde la prisión: “Querido padre, espero que la tierra haya sido bien arada por los policías, ahora ya puedes sembrar tus tomates y si necesitas algo más, avísame. No puedo estar contigo, pero haré todo para apoyarte como pueda.”

MORALEJA: La inteligencia es subestimada… si usas tu mente, te asombrarás de sus poderes.
Y si usas tu inteligencia emocional te vas a asombrar aún más...

domingo, 30 de octubre de 2022

El cofre de vidrios rotos

Érase una vez un anciano que había perdido a su esposa y vivía solo. Había trabajado duramente como sastre toda su vida, pero los infortunios lo habían dejado en bancarrota, y ahora era tan viejo que ya no podía trabajar.  Las manos le temblaban tanto que no podía enhebrar una aguja, y la visión se le había enturbiado demasiado para hacer una costura recta.
Tenía tres hijos varones, pero los tres habían crecido y se habían casado, y estaban tan ocupados con su propia vida que sólo tenían tiempo para cenar con su padre una vez por semana. El anciano estaba cada vez más débil, y los hijos lo visitaban cada vez menos. 
-No quieren estar conmigo ahora -se decía- porque tienen miedo de que yo me convierta en una carga.
Se pasó una noche en vela pensando qué sería de él y al fin trazó un plan.
A la mañana siguiente fue a ver a su amigo el carpintero y le pidió que le fabricara un cofre grande. Luego fue a ver a su amigo el cerrajero y le pidió que le diera un cerrojo viejo. Por último fue a ver a su amigo el vidriero y le pidió todos los fragmentos de vidrio roto que tuviera.
El anciano se llevó el cofre a casa, lo llenó hasta el tope de vidrios rotos, le echó llave y lo puso bajo la mesa de la cocina. Cuando sus hijos fueron a cenar, lo tocaron con los pies.
-¿Qué hay en ese cofre? preguntaron, mirando bajo la mesa.
-Oh, nada -respondió el anciano-, sólo algunas cosillas que he ahorrado.
Sus hijos lo empujaron y vieron que era muy pesado. Lo patearon y oyeron un tintineo.
-Debe estar lleno con el oro que ahorró a lo largo de los años -susurraron.
Deliberaron y comprendieron que debían custodiar el tesoro. Decidieron turnarse para vivir con el viejo, y así podrían cuidar también de él. La primera semana el hijo menor se mudó a la casa del padre, y lo cuidó y le cocinó. A la semana siguiente lo reemplazó el segundo hijo, y la semana siguiente acudió el mayor. Así siguieron por un tiempo. Al fin, el anciano padre enfermó y falleció.
Los hijos le hicieron un bonito funeral, pues sabían que una fortuna los aguardaba bajo la mesa de la cocina, y podían costearse un gasto grande con el viejo. Cuando terminó la ceremonia, buscaron en toda la casa hasta encontrar la llave, y abrieron el cofre. Por supuesto, lo encontraron lleno de vidrios rotos.
-¡Qué triquiñuela infame! -exclamó el hijo mayor-. ¡Qué crueldad hacia sus hijos!
-Pero, ¿qué podía hacer? -preguntó tristemente el segundo hijo-. Seamos francos. De no haber sido por el cofre, lo habríamos descuidado hasta el final de sus días.
-Estoy avergonzado de mí mismo -sollozó el hijo menor-. Obligamos a nuestro padre a rebajarse al engaño, porque no observamos el mandamiento que él nos enseñó cuando éramos pequeños. Pero el hijo mayor volcó el cofre para asegurarse de que no hubiera ningún objeto valioso oculto entre los vidrios. Desparramó los vidrios en el suelo hasta vaciar el cofre. Los tres hermanos miraron silenciosamente dentro, donde leyeron una inscripción que el padre les había dejado en el fondo:
"Honrarás a tu padre y a tu madre."

jueves, 27 de octubre de 2022

Franz Kafka y la muñeca viajera

A los 40 años Franz Kafka (1883-1924) que nunca se casó ni tenía hijos, paseaba por el parque Berlín cuando conoció a una niña que lloraba porque había perdido su muñeca favorita. Ella y Kafka buscan la muñeca sin éxito. Kafka le dijo que se reuniera con él al día siguiente y volverían a buscarla.

Al día siguiente, cuando todavía no habían encontrado la muñeca, Kafka le dio a la niña una carta "escrita" por la muñeca que decía: "Por favor no llores. 

Tuve un viaje para ver el mundo, te escribiré sobre mis aventuras."

Así comenzó una historia que continúa hasta el final de la vida de Kafka.

En sus encuentros, Kafka le leía las cartas de su muñeca cuidadosamente escritas con aventuras y conversaciones que la niña consideraba adorables. 

Finalmente, Kafka le trajo la muñeca (compró una) que había vuelto a Berlín.

"No se parece en absoluto a mi muñeca", dijo la niña.

Kafka le entregó otra carta en la que la muñeca escribía: "Mis viajes me cambiaron" La niña besó a la nueva muñeca y la trajo feliz a casa.

Un año después, Kafka murió.

Varios años después, la niña adulta encontró una carta en la muñeca. En la pequeña carta firmada por Kafka decía:

"Todo lo que amas probablemente se perderá, pero al final el amor volverá de otra manera".