domingo, 20 de agosto de 2023

El joven y el cura

Un joven llega con el cura y dice:

- Padre no iré más a la Iglesia!
El sacerdote respondió:
- Pero por qué?

El joven respondió:
- Veo a la hermana que habla mal de otra hermana; el hermano que no lee bien; el grupo de canto que vive desafinando; las personas que durante la misa miran el celular, entre tantas y tantas otras cosas malas que veo hacer en la iglesia.

Le dice el sacerdote:
- Muy bien, pero antes quiero que me hagas un favor: toma un vaso lleno de agua y da tres vueltas por la iglesia sin derramar una gota de agua en el suelo. Después de eso, puedes salir de la iglesia.

Y el joven pensó: muy fácil!
Y dio las tres vueltas como le pidió el padre. Cuando terminó dijo:
- Listo, padre.

Y el cura respondió:

- Cuando estabas dando vueltas con el vaso lleno de agua, viste a la hermana hablar mal de la otra?
El joven:
- No

Viste a la gente quejarse entre sí?
El joven:
- No

Viste a alguien mirando celular?
El joven:
- No

Sabes por qué? Estabas concentrado en el vaso para no tirar el agua.

Lo mismo es en nuestra vida. Tomando este ejemplo, cuando nuestro enfoque está dirigido hacia nuestro Señor Jesucristo, no tendremos tiempo de ver los errores de la gente.

Quién sale de la iglesia por causa de la gente, nunca entró por Jesús.

P.D.  Aplícalo en toda tu vida, aunque no seas creyente, quédate con el mensaje. Enfócate en tus metas e ignora lo que los otros hacen y llegarás a donde quieres llegar.

miércoles, 16 de agosto de 2023

El león y sus consejeros


El león, que nunca se había distinguido por su buen carácter, tenía el día cruzado. Iba paseando por la selva en busca de comida cuando se cruzó con una mofeta pendenciera, que se preciaba de no haber perdido ni una sola pelea con cualquier animal, por peligroso que fuese. Tras intercambiar dos o tres frases, el león y la mofeta perdieron los estribos y se enzarzaron en una disputa. El felino levantó su enorme zarpa y, a punto estuvo de asestar un fatal golpe a su presa, cuando la mofeta lo roció con su fétido líquido. El león huyó con el rabo entre las patas y más airado que nunca. Tras pasar varios días vagabundeando por la selva para ver si aquel insoportable olor desaparecía, decidió pedir consejo a sus tres animales de confianza.
   «Amigo oso, ¿crees que huelo mal?». Sospechando que esperaba una respuesta sincera, le dijo: «Hueles realmente mal». Y el rey de la jungla lo desterró de ella. Llegó el turno del lobo quien, creyendo saber lo que deseaba oír el león, susurró: «Oléis a rosas». El león no soportó semejante engaño y el pobre lobo corrió la misma suerte que su antecesor. Solo quedaba consultar al zorro que, sabiendo lo sucedido, se excusó: «Estoy tan resfriado que no puedo oler nada». Sabia decisión, pues cuando es peligroso hablar, lo mejor es callar.