Había una vez un pequeño oso llamado Bruno que vivía en un hermoso bosque. Era muy juguetón y le encantaba recolectar fresas dulces y jugosas. Pero tenía un problema: su exagerado egoísmo. No le gustaba compartir con nadie, ni siquiera un poquito, las fresas que encontraba.
Un día soleado, encontró junto al arroyo un prado escondido lleno de las fresas más grandes y rojas que jamás había visto. "¡Mías, mías, todas mías!" pensó; y empezó a recogerlas rápidamente en su cesta, asegurándose de que ninguna se cayera y nadie pudiera alcanzarlas.
De repente, escuchó un pequeño llanto. Era Lisa, una graciosa conejita, que estaba sentada cerca del claro con los ojos llenos de lágrimas. "¿Qué te pasa?" preguntó Bruno. "Oh, amigo", sollozó Lisa, "tengo mucha hambre y no encuentro nada para comer. Mi barriguita está sonando mucho y me siento muy débil".
Bruno miró primero su cesta llena y luego a la conejita hambrienta. Pero, una vez más, no sintió compasión por Lisa. Solo pensaba en tener mucha comida para darse un buen atracón.
"Lo siento, Lisa," dijo el osito secamente, sin mirarla a los ojos. "Estas fresas son mías. Las encontré primero. Tendrás que buscar en otro lugar algo para comer."
Lisa se fue sollozando, mirando al suelo amargamente, mientras Bruno continuaba recolectando, profundamente orgulloso de su tesoro.
Pero justo en ese momento, el tiempo cambió. Un viento frío comenzó a soplar entre los árboles, agitando las hojas con furia. El sol desapareció detrás de las nubes oscuras y densas; y algunas gotas de lluvia empezaron a caer. El bosque, que antes era un lugar alegre y soleado, se volvió sombrío y amenazante.
Entonces, Bruno escuchó una voz burlona cerca de él: "Vaya, vaya, vaya. "Qué festín te espera, ¿eh, osito egoísta?". Se volvió y vio a un pequeño zorro plateado, de larguísima cola, con una sonrisa astuta en su rostro. El zorro se sentó sobre una roca y le miró con sus brillantes ojos.
"¿Y a ti qué te importa, listillo?" gruñó el pequeño oso, apretando contra su pecho la cesta. "Me importa porque el bosque entero está viendo tu egoísmo," respondió el zorro, moviendo la cola. "Mira a tu alrededor. ¿No ves que está enfadado contigo? Se ha vuelto oscuro y tormentoso porque no compartes un poco la alegría de las fresas que recoges."
Bruno miró a su alrededor. El viento soplaba con más fuerza, las ramas de los árboles se retorcían como brazos furiosos, y la lluvia arreciaba. El bosque, que siempre había sido su amigo, parecía ahora peligroso y amenazante. Sintió un escalofrío, no solo por el frío de la lluvia, sino también por las palabras del zorro. Se sentó junto a su cesta llena de fresas. Las miró, tan apetitosas, pero ya no tenía la misma alegría que antes. Recordó la carita triste de Lisa y sus ojos llenos de lágrimas.
!!! Y ahora, también sentía la ira del bosque a su alrededor ¡¡¡. Todos estaban decepcionados con su comportamiento egoísta.
¿De qué servían todas las fresas que había conseguido si no tenía a nadie con quien compartirlas?, se preguntó. Comerlas, todas él solo ya no parecía tan apetecible, especialmente con el viento aullando y la lluvia torrencial golpeando los árboles.
Se levantó y corrió a buscar a Lisa. La encontró sentada sola junto a una gran roca, tiritando de frío y tristeza bajo la lluvia.
"¡Lisa, espera!" gritó el osito, con la voz temblorosa por el frío. La conejita se volvió sorprendida. Bruno extendió su cesta hacia ella. "Lisa," dijo Bruno, esta vez con una voz mucho más amable y sincera. "Quiero compartir las fresas contigo, por favor."
Lisa miró la cesta llena y luego miró a Bruno. Sus ojos aún estaban un poco húmedos, pero una pequeña sonrisa empezó a aparecer en su rostro. Cogió un par de fresas y las comió lentamente. "Gracias, Bruno," dijo Lisa suavemente. "Están deliciosas.".
Y en ese instante, algo mágico sucedió. El viento comenzó a calmarse. Las nubes plomizas se abrieron un poco, dejando pasar los rayos del sol. La lluvia cesó. El bosque comenzó a respirar aliviado.
Bruno se sentó junto a Lisa y también comió. Y, para su sorpresa, las fresas sabían mucho mejor ahora, compartidas con su amiguita.
Desde ese día, Bruno aprendió una lección importante. Descubrió que la verdadera alegría no estaba en tenerlo todo para sí mismo, sino en compartir con los demás. Y aunque todavía le encantaba recoger fresas, siempre se aseguraba de dejar algunas para sus amigos, para Lisa, para el zorro plateado y para el bosque entero. Porque descubrió que la amistad, la alegría de compartir y la sonrisa de sus amigos eran mucho más dulces que cualquier fresa.